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¿Quiénes en verdad somos?
Para abordar la respuesta a este interrogante humano esencial proponemos el camino de exaltar inicialmente el opuesto. Imaginamos que este método puede resulta más sencillo para acercarnos a los conceptos apropiados. Es decir, primero saber quienes no somos utilizando como ejemplos algunas experiencias personales para dar testimonio de las dificultades que surgen. Es algo bastante común en las personas y se trata del inconveniente que genera tener la claridad acerca de la propia identidad. Muchos de nosotros en el transcurso de la vida hemos descubierto que el nombre por el cual nos llaman, la profesión que hemos aprendido o el rol y la función que desempeñamos, no representan en esencia lo que somos. No es algo fácil de efectivizar pero si es simple de comprender. Si nos preguntamos por ejemplo ¿quién serías si tu nombre cambiase? Si de repente descubrieses que a cambio de Manuel, te llamas ahora Ignacio ¿dejarías de ser tu mismo? O si por ejemplo en cambio de haber nacido en Buenos Aires hubieses nacido en Roma ¿dejarías de ser tu mismo? Las respuestas que en los seminarios hemos encontrado a estas preguntas nos indican que las personas responden dentro del siguiente esquema:
Seguiría siendo yo mismo. Y enfatizan: lo que soy no depende de mi nombre ni de mi nacionalidad.
Sin embargo es interesante observar que cuando alguien nos pregunta ¿quien sos? o incluso, al tener que describir la identidad propia a otra persona, comenzamos haciéndolo por aspectos que podríamos considerar superficiales, en relación con la dimensión profunda de lo que somos. Son muchas las veces que relacionamos a las personas, y a nosotros mismos, por los logros o la falta de ellos, por lo que poseen o no poseen, por lo que hacen (los trabajos) o por sus contenidos mentales y hasta emocionales.
Ahora para comenzar el recorrido hacia lo que somos, vale la pena indagar en los modelos mentales. La cultura, el lenguaje, la biología y la historia personal son los componentes del modelo mental de una persona. Habitan en ese espacio mental los paradigmas, las creencias heredadas o propias y surgen los valores. Aquello que valoramos, lo que nos gusta o disgusta, lo que anhelamos o deseamos. Así y por medio de estos valores se configura el tipo de respuestas que le entregamos al mundo.
También para conseguir resultados en el exigente medio en que vivimos, sin darnos cuenta, construimos en la superficie a manera de máscaras diversos personajes. Por ejemplo, no solemos aparecer del mismo modo siendo los mismos en el trabajo, que en la casa o entre amigos. ¿Por qué? Porque estos personajes autocreados, de los cuales en general no somos conscientes, prestan servicios para que alcancemos logros y también son útiles para que seamos reconocidos. De este modo, algo se gana y algo se pierde. Convencidos que ganaremos (por ejemplo la buena opinión del otro) usamos los personajes pero, paulatinamente, algo íntimo se desdibuja. Lo que ocurre es que la verdad de lo que somos queda más adentro relegada y semi oculta deseosa por salir a la superficie. De este modo nace una tensión existencial entre el personaje y la identidad esencial. Entre la personalidad adaptada al medio o las circunstancias y la esencia o carácter que define quiénes somos.
Dos áreas claramente diferenciadas han hecho su aparición. En superficie –sujeta al cambio- la imagen de quienes somos. Imagen valuada por las opiniones mentales propias y ajenas comúnmente llamada “imagen pública” o conciencia condicionada. En la profundidad anida lo que somos. Aquello que no se encuentra sujeto al cambio, la conciencia no condicionada o Presencia atemporal. El Ser.
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